Nadie puede cerrar con llave su propio armario desde dentro, por eso de un momento a otro se precipita al exterior. Al fin y al cabo, el armario se convierte en un sitio incómodo y angosto cuando has crecido demasiado, y todas tus obsesiones más profundas sobresalen por la puerta.

jueves, 15 de septiembre de 2011


Debí suponer que algo iba mal cuando ya no nos desvestíamos para hacer el amor. Y dejando a un lado todo el erotismo que envuelve al sexo a contrarreloj contra la pared, lo nuestro parecía una escena de un film de pseudoerotismo moralista norteamericano barnizado por la censura hollywoodiense. Pienso ahora, con cierta tristeza, aquel mutuo desdén con el que nos tratábamos los últimos días, donde no nos molestábamos ni en descubrirnos el uno al otro, ni sentir ni mirar nuestros cuerpos. Nuestro rincón estaba rodeado de azulejos, y recuerdo que muchas veces me descubría a mí misma mirando a través de ellos y observaba, con una sonrisa entrecortada, aquella tórrida danza lúdica. Pero aquella vez, la última vez, no lograba ver nada, estaba borroso, oscuro. Y mirándonos a nosotros, encontraba la misma opacidad. Sus ojos rojizos y abultados como un melón estaban fijos en el techo, la frente brillante y candente y el ceño fruncido. Seguía enfadado y puede que yo también, pero qué importaba, ya no sabíamos expresarlo, simplemente seguimos en silencio hasta el final.
Me eché a un lado, se levantó, se abrochó el pantalón y sin secarse el sudor del pelo movió la cabeza como gesto de que tiráramos para casa. Sin ningún tipo de demora, abandonamos aquel rincón, sin ser verdaderamente conscientes de que no volveríamos nunca más.
En el bus, cada uno en su asiento, nos dirigimos una mirada que a día de hoy no sé cómo interpretar. Debí suponer que algo iba mal cuando no nos desvestíamos con los ojos. Para desnudarse, lo que es el acto más mecánico e interorizado de una persona, nacimos desnudos, nos lavamos desnudos, nos desnudamos todos los días, al dormir, al levantarse, al ducharse, en el médico, en el baño y frente a otras personas desnudas, en cuanto a cópula se refiere, no tenemos ningún pudor. Pero por dentro, exponerse al mundo tal y como te sientes, hé ahí el gran reto. ¿Cuántas veces me he desnudado emocionalmente? ¿Cuántas veces me habrán visto con todo al aire, mis manías, mis defectos, mis miedos? ¿Cuánto pudor se siente, cuánta desprotección y vergüenza de algo que es irremediablemente inherente a ti? Supongo que fue lo más triste de abandonar aquel rincón. Sabía que habría otros mil momentos de desnudez con todo tipo de gente: extraños, no tan extraños, casi amigos... Lo peor era pararse a pensar quién desataría los nudos de lo que llevaba encorsetado dentro, cuánto tiempo tendría que esperar hasta que alguien me desvistiera para hacer el amor.

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